Visto los acontecimientos de ayer en este blog voy a hacer algunas precisiones.
Primero. Este espacio lo creé para comentar lo que me llama la atención, lo que tenga ganas de comunicar. En ese sentido este blog no tiene una temática definida. Con el correr de los días empecé a criticar a la prensa. El desencadenante fue un aviso del diario El País en el que trataba a sus lectores de ignorantes. Desde ese día trato de demostrar como los diarios se equivocan (sea por ignorancia, falta de profesionalidad, malas condiciones laborales, etc.) y que los errores son más frecuentes y gruesos de lo que creemos los lectores.
Segundo. Considero que el periodista tiene algo que se llama responsabilidad social. Tiene la obligación de dar información veraz y de interés público. Me parecen faltas graves a la profesión que se cometan errores de la magnitud de los que se cometen. Y no estoy hablando sólo del “le pifié un dedo a la calculadora y pasé mal de pesos a dólares” o “le erré en la presentación de una infografía”. Sino de la falta de agenda propia que tienen los medios, preocupados por la diaria, por notas chiquitas, que no molestan a nadie, que no le interesan a nadie y que encima están mal escritas y con errores en la información.
Hoy la mayoría de los medios faltan a la verdad todos los días en alguna de sus notas (¿o decir que en la represa de Itaipú hay un casino no es faltar a la verdad?) y no tratan los temas de interés público que deben ser tratados y los que tratan lo hacen de forma aburrida (hasta los periodistas están aburridos de su profesión) y confusa (por algo no se venden y tenemos los diarios más caros del continente)
¿Para qué queremos periodistas sino es para que investiguen?
Tercero. Los periodistas son seres humanos y se pueden equivocar. Lo sé. Pero en Uruguay cuando se equivocan no lo reconocen y cuando alguien se los marca se calientan. Eso demuestra falta de profesionalidad. Los medios en este país no son sinceros y honestos (por más que los periodistas se llenen la boca relatando lo “honestos” que son).
Y cuando reconocen que se equivocaron (porque el error es gigante, cualquier cristiano lo nota, o por presión de las fuentes) lo hacen en el lugar más escondido del diario. Para muestra basta un botón: el domingo 6 El País publicó la nota principal de Ciudades con el título “Detectan 2,6 millones de dólares falsificados”
. El lunes 7, un día en que se venden muchos menos diarios, en un cuadrito de un párrafo dijo que en realidad no eran 2.6 millones sino 200 mil
(¿cuántos lectores se enteraron del error?).
Estructuralmente un diario no le puede dedicar el mismo espacio a la respuesta que la nota original. Estamos de acuerdo. Pero esto no es una excusa para cuando los errores se cometen en las ediciones digitales. Porque ahí el espacio no es problema. Las redacciones digitales deberían aprender de la experiencia de Folha Online que tiene una sección llamada “Erramos”
, y todos los días avisan a sus lectores sobre los errores en la información, por mínimos que sean, y tienen una dirección de e-mail para que los lectores marquen los errores.
Cuarto. Los comentarios de ayer (de un tal Jorge y un tal Juan), que algunos dejé y otros eliminé, fueron escritos por periodistas. ¿Por qué? Es bastante llamativo que en este blog y otro
salte una persona con el mismo apodo y con la misma virulencia por notas escritas en El Observador. Que los comentarios en cuestión hayan sido escritos por periodistas me preocupa.
Leo todos los diarios. Algunos me interesan más que otros, como a todo el mundo. Y le presto más atención a los que me interesan más. Y como me interesan me importa que no tengan errores. Deseo que los diarios estén libres de errores.
El Observador me interesa. Me da lástima que uno o dos periodistas de su staff ocupen su tiempo en escribir ordinarieces en este blog, y no en mejorar su trabajo.
Si yo tengo razón en alguna crítica, tendrían que reconocer que se equivocaron. Y no calentarse. Yo no tengo problema en reconocer que me equivoqué o que abusé de la ironía. Lo hice. Entendí que el comentario de “Juan” decía la verdad, me retracté y pedí disculpas por la parte que entendí estaba equivocado (la otra la mantengo).
Pero no me pueden decir que soy un “pelotudo”, un “gil”, “lelo” y demás adjetivos. Ustedes viven porque la gente les compra el diario, y por un mínimo de respeto no pueden tratar a sus lectores de ignorantes, pelotudos, giles y lelos.
Esto demuestra que el aviso de El País que encendió la llama de este blog es representativo de lo arrogantes que son algunos periodistas.
Si yo abuso de la ironía en los posts, no se pueden calentar y rebajarse a mi mismo nivel. Tienen que ser más inteligentes. ¿No les parece?
Quinto. En este blog no hay políticas editoriales porque el editor soy yo y escribo lo que se me da la gana. No podés decir que lo que escribo son “pelotudeces” y “chotadas”, porque si no te gusta no lo visitás más. En la red hay muchos blogs que capaz te interesan más que este. Me interesa que critiques un punto de vista, que me digas que me equivoqué y me des las razones, es decir, que me dejes un comentario constructivo.
En cambio, el medio en que trabajás es una institución legitimada por actores políticos y sociales (cada vez menos, es cierto). Para enterarme de lo que pasa no tengo más remedio que leerlo. Porque hay información que sólo la encuentro en El Observador y hay otra que sólo está en El País, La República o Últimas Noticias. No puedo dejar de leer los diarios.
Soy un lector preocupado por la falta de claridad y los errores en la información. Y esta es mi forma de decírselos a ustedes y comunicarle a la gente que visita este blog dónde están los errores. La prensa está en crisis. ¿Hasta cuándo vamos a seguir aguantando?
Si yo me equivoco lo reconozco. ¿Ustedes serán capaces de reconocer sus errores?